Unidad y consenso, ¿frente a quién?

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El nuevo mantra es la unidad y el consenso en torno al gobierno: los recortes no crean empleo ni acaban con la pobreza, pero no es porque sean malos sino porque se oye follón, ruido, escuchamos a papá y a mamá discutiendo y así no hay quien obedezca. MAFO se fue insultado por quienes ya le insultábamos cuando decía que se hiciera esta política económica tan resultona y por quienes se subieron al carro por un quítame allá esas bankias. ‘¿Va usted a desmentir que sea un perfecto mierda?‘ le preguntaron. ‘Ni hablar: lo que hace falta es unirnos en torno al Gobierno. Si el gobierno dice que soy un mierda y que no se hable más, pues no se hable más o háblese en el cuarto insonorizado, que no se enteren los niños‘. ¡Eso es sacrificio por la patria y lo demás son tonterías! ¡Qué menos que un buen consejo de administración en recompensa!

¡Unidad, consenso, apartemos nuestras disputas!. Rubalcaba no deja de pedir consenso, consenso y consenso. Es la receta recomendada por los imparciales, científicos y distantes economistas de FEDEA. También por Felipe González: “La situación es de emergencia, es la hora del consenso“, dijo desde tal o cual consejo de administración mientras recibía la medalla de oro de Sevilla de manos del alcalde Zoido tan beligerante él contra la corrupción. Hace unos días en una parodia llamada tertulia de sabios en la Cadena Ser Rodolfo Martín Villa (que también ha pasado por todos los consejos de administración posibles, desde la administración del fascismo a la de PRISA, culminando su carrera con el exterminio de mapuches desde Endesa) le decía a Peces-Barba que era necesario un gobierno de unidad nacional. Peces-Barba por un momento se asustó “Querrás decir sin los comunistas, ¿no?“; “Sí, claro, me refiero al PSOE y el PP”. Aclarada la confusión siguieron derrochando sabiduría. La lista de defensores de la unidad política y el consenso es inagotable. Es de suponer que sólo falta que Emilio Botín y Francisco González por el lado doméstico y Merkel y Draghi por el europeo den la orden y se harán la unidad y el consenso. Es la versión hardcore de aquella tontería del “esto lo arreglamos entre todos” con que empezamos la crisis.

Y el caso es que la unidad no sería mala cosa. No sólo de las élites políticas, sino del conjunto de la sociedad, la unidad popular. La pregunta es para qué o mejor contra quién. La unidad nacional, los gobiernos de salvación, siempre se hacen contra alguien. Son gobiernos de guerra y se entiende que frente al divide y vencerás del enemigo es más difícil ser vencido si no se es dividido. Bien está un gobierno de unidad nacional, pero ¿quién es el enemigo?

Sería muy partidario de un gobierno de unidad nacional para evitar los ataques a la soberanía popular, para confrontar con Merkel y Draghi hoy, Trichet ayer, para parar los pies a la oligarquía financiera, al acoso de la especulación internacional, para tomar las riendas y dirigir las riendas de la política económica hacia la justicia social; unidad nacional para luchar contra quienes quieren que desmantelemos la sanidad y la educación (como extremos más obscenos) y poner decenas y decenas de miles de millones al servicio del saneamiento de los bancos que sacan de sus casas a las familias pobres.

Ocurre que no es esa la unidad que reclaman los economistas de FEDEA (¡perderían los azucarillos que reciben por cada relincho!) ni Felipe González ni Martín Villa. Tampoco Rubalcaba, que lo que quiere es apoyar la reforma bancaria y sólo pide a cambio que se tramite como ley. Quieren unidad nacional para seguir con el plan, con las reformas estructurales, para desmantelar lo poco que habíamos logrado. Los gobiernos de unidad nacional se hacen en caso de guerra. Y la hay: entre el poder financiero del 1% y la ciudadanía, el 99%. ¿De qué bando estaría su unidad? Quieren unidad, sí, pero para defender un bando de su enemigo, que somos nosotros. Para mostrarnos la evidencia de que no hay alternativa, de que papá y mamá han decidido juntos que no nos van a dejar salir: estamos castigados sin postre hasta que nos comamos el postre.

Por Hugo Martínez Abarca

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